Unión Seglar
San Antonio Mª Claret

“COMBATE los nobles combates de la fe”

                                    (1Tim 6, 12)

en la Basílica de la Merced de Barcelona

26 de junio de 1969

El 26 de junio de 1969 millares de católicos se reunieron en la Basílica de Ntra. Sra. De la Merced, Patrona de Barcelona, para celebrar una Hora Santa de reparación y para pedir al Señor por las intenciones del Santo Padre.

Aquella sagrada asamblea del Pueblo de Dios de Barcelona constituye el arranque de la Unión Seglar. La declaración que todos los asistentes recitaron el alta voz ha venido a ser la “Carta Magna”, por así decir, de la Unión.

Este documento de excepcional importancia para nuestra Unión, quiere ser una respuesta del Pueblo de Dios de Barcelona a las angustiosas palabras que por aquellas fechas pronunció el Santo Padre Pablo VI: “Sin una fortaleza de espíritu y acción cada vez más profunda y operante, podemos vernos arrastrados por culpa de nuestra inercia y de nuestra ilusión de creer que las causas del bien se defienden por sí solas. Los tiempos actuales son fuertes y exigen hombres fuertes”.

La declaración dice así:

PRIMERO.-       En la presencia y acatamiento del Señor, acogidos a la maternidad espiritual de Santa María de la Merced, Patrona de Barcelona y Redentora de  Cautivos, nosotros católicos seglares, herederos de tantas generaciones cristianas que por la Fe ofrecieron sus vidas y todas sus energías, hoy, con firmeza humilde y confiada, renovamos las sagradas promesas de nuestro Bautismo, la más filial aceptación de todas las verdades dogmáticas y morales propuestas por el Magisterio eclesiástico y la adhesión cordial al CREDO de Pablo VI, que tan oportunamente ha venido a recordar el sagrado contenido de la Revelación en nuestros días.

Con igual sinceridad de fieles seglares, queremos dar gracias a Dios porque sacerdotes nuestros el pasado 12 de mayo, ante el sepulcro de San Antonio María Claret, han proclamado en la Declaración de Principios y Criterios Sacerdotales la auténtica figura y las virtudes permanentes del único y verdadero sacerdote de Cristo.

SEGUNDO.-      En esta solemne ocasión no podemos silenciar nuestra repulsa y nuestro dolor ante el espectáculo de la situación de sacerdotes que oprimen nuestras convicciones y libertad cristianas y afean el mismo rostro de Cristo a través de su Iglesia. Sentimos tristeza intensa ante las profanaciones eucarísticas, ante los ataques a la devoción a la Santísima Virgen, ante las enseñanzas sacerdotales contrarias a la moral evangélica y católica, ante la falta de verdadera predicación evangélica, ante las doctrinas y criterios que desorientan gravemente a nuestro hijos, dividen la vida familiar y acaban con la paz en muchos hogares.

Recordamos lo que los pontífices han dicho de los católicos que están entregados a consignas de los enemigos de la Iglesia y por lo mismo no podemos tolerar que continúe, impune y creciente, la infiltración masónica y marxista, en el seno de la Iglesia, hasta el extremo que parece condicionar el magisterio eclesiástico de tal forma que el pueblo cristiano experimente la sensación de hallarse huérfano y sin la guía tutelar a que tiene derecho por la misma constitución divina de la Iglesia.

TERCERO.-       Daña al pueblo de Dios y es un antitestimonio la rebelión sistemática, que por doquier advertimos, contra los documentos pontificios. Si nuestros matrimonios quieren cumplir las enseñanzas perennes de la “Humanae Vitae”, tememos con espanto que nuestros propios hijos el día de mañana puedan convertirse en apóstatas por culpa de sacerdotes que los engañen y perviertan.

CUARTO.-          Pedimos, pues, sacerdotes enamorados de la vocación sacerdotal y religiosa, que enseñen el amor casto de los novios, la pureza y la modestia juvenil, que prediquen los verdaderos fines que Dios mismo ha señalado al matrimonio cristiano. Queremos sacerdotes que conozcan y propaguen la doctrina social de la Iglesia, la soberanía de Cristo en la sociedad, la moral de la política y de la economía, la dignidad y los límites de la libertad cristiana, los deberes de la riqueza y del trabajo, sin odios y sin laicismos, que no olviden su misión primordial de ministros de la eucaristía, dispensadores del perdón divino y santificadores del Cuerpo místico.

QUINTO.-          A nuestros Prelados filialmente les pedimos que continúen el ejercicio entero de su sagrada autoridad, sin mediatizaciones de ninguna clase. Que levanten su voz en defensa de la moral pública hoy en crisis gravísima que lamentan aún muchos cristianos no practicantes. Que urjan medidas de saneamiento a quienes incumbe velar por una moralidad que ya parece olvidada por los que tienen la misión divina de predicarla, y pospuesta por otros a lucros inconfesables.

SEXTO.-              Seglares como somos, vivimos en el mundo del trabajo y de la Universidad, de los negocios, de las profesiones y de las artes, pero nunca queremos perder de vista que nuestro primer problema es la salvación de nuestra alma y también de la de nuestros hermanos. Es un deber de nuestro bautismo, como lo ha recordado el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 14). Y pensamos que nuestra DECLARACIÓN de hoy responde plenamente a nuestra condición de bautizados católicos. Y por ello rechazamos la artificial división en boga actualmente que quiere clasificar al Pueblo de Dios en porciones “integristas” y “progresistas”. No somos ni lo uno ni lo otro. Somos sencillamente católicos. Y esto basta. En la Iglesia Santa de Dios sólo debe de haber católicos. Ni más ni menos.

SÉPTIMO.-        En esta hora difícil para nuestra Madre la Iglesia, nos hallamos dispuestos a cumplir como buenos hijos suyos. En el Corazón Inmaculado de María nos unimos y juramentamos con los sacerdotes y religiosos que en Barcelona, en Cataluña y en toda España van apretando sus filas en el marco de la Asociación de San Antonio María Claret u otras similares “para la defensa de la fe, el mejor servicio de Dios y de su Pueblo, y la más inquebrantable fidelidad al magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con Él”. Así trabajaremos juntos para la necesaria renovación de la Iglesia.

OCTAVO.-          Somos hijos de una tierra de mártires y de santos. No podemos permitir impasibles que no sólo no se imparta el pan de la doctrina cristiana a nosotros y a nuestros hijos, sino que ya con bastante frecuencia, descaradamente, se nos sirva un pan envenenado.

NOVENO.-         A María pedimos humildad y fortaleza y con Ella y por Ella ofrecemos un compromiso, heroico si cabe y hasta la muerte, de defender los derechos de Dios y nuestra propia vida cristiana, que vemos hoy amenazada por los lobos vestidos con piel de cordero y por los perros mudos de que habla la Sagrada Escritura.

DÉCIMO.-          Nuestra Señora de la Merced, aparecida en Barcelona a un rey, a un clérigo y a un seglar: Te pedimos ¡oh Madre!, la insigne gracia de sabernos buscar y encontrar sacerdotes dignos y santos. Para que nos alcances para todos y para el bien de nuestra sociedad que nadie nos robe los tesoros divinos de la Fe, de la gracia santificante y de la salvación eterna.

 

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